Lo que aprendí en el 2008

Esta es la primera vez que escribo un post de este tipo, tratando de hacer un balance sobre lo que aprendí en este año, en lugar de una lista de "lo mejor del año", las cuales abundan por estos días de Diciembre. Vamos a ver cómo resulta. :)

Mi año empezó con un post en el que se evidenciaron muchos de los conflictos internos que me acompañaron a lo largo del año. En "De regresos, dudas, educación y otros asuntos", aparecieron con claridad varios de ellos:

  • En realidad no creo que una educación virtual escolarizada sea la respuesta para una verdadera transformación de nuestro sistema. [...] Necesitamos empoderar a nuestros ciudadanos. Necesitamos convertir en aprendices responsables y críticos a nuestros ciudadanos. Y aprender/consumir contenido para una evaluación no es la mejor manera de hacerlo.
  • Nuestro planeta requiere personas íntegras, que no sólo sean excelentes profesionales, sino seres realmente honestos en su hacer, no sólo en su discurso.
  • Para qué estamos "educando"? Para satisfacer las necesidades del mercado? Para aumentar la competitividad del país? Para tener personas íntegras? Será que los currículos de nuestros programas académicos en realidad "producen" personas íntegras?
  • Cómo lograr que entendamos que este es un problema de todos? Que lo que está en juego no es cuánto podemos ganar ni cuánto podemos descansar o disfrutar, sino el futuro de nuestros niños y jóvenes y, por qué no, de toda nuestra especie?

En el cierre de ese post, me decía que tal vez resultaba "demasiado ambicioso tratar de cambiar el mundo, y es preferible continuar poniendo pañitos de agua tibia sobre el que tenemos". Hoy, al cerrar este año, estoy convencido de que no es suficiente con los paños de agua tibia. Tenemos que ser mucho más ambiciosos.

Mis inquietudes me llevaron a encontrarme con las ideas de personas como Thomas Frey (cuyo artículo "El futuro de la educación", comenté en detalle aquí y aquí), John Taylor Gatto, Neil Postman y John Holt. Por efectos de la sincronicidad, terminé expresando a través de un comentario, algo que no había visto antes, preguntándome si la pedagogía se estará atravesando en el camino del aprendizaje:

Why do we think that, as educators, is our mission to control and regulate? I think that for so many of us, there is right now a strong concern about keeping the "control" over our classroom/course.

Por qué pensamos que, como educadores, es nuestra misión controlar y regular? Pienso que para muchos de nosotros hay, en este momento, una fuerte inquietud frente a conservar el "control" en nuestro salón de clase / curso.

Frey mencionaba varias tendencias que se convierten en fuerzas conductoras del cambio en el sistema educativo, que permearían mis comprensiones sobre el asunto:

  1. Transición de la enseñanza al aprendizaje: Esta idea está detrás de una frase que he usado demasiado: Todos somos aprendices. También ha generado mi reflexión sobre cómo enfocaríamos las cosas si habláramos de un "Ministerio de Aprendizaje" en lugar de un "Ministerio de Educación".
  2. Crecimiento exponencial de la información
  3. Un vacío en los cursos en línea: Aquí me encontré menos alineado con las ideas de Frey, pues no pienso que un curso sea necesariamente la manera más razonable de abordar el énfasis en el aprendizaje. No obstante, cuando me encontré más adelante con cursos como Facilitating Online Communities (FOC08) y Connectivism and Connective Knowledge (CCK08), pude adquirir otra perspectiva sobre este tema la cual, no obstante, está desligada de los sistemas LMS. Simplemente pienso que un LMS, así sea Moodle, al final está replicando ciertas estructuras de poder, y le está quitando al aprendiz control sobre su información personal.
  4. Distancia creciente entre los alfabetas funcionales y los "super-alfabetas"
  5. Los "puntos de contacto" que nos sirven de interfaz con la sociedad están cambiando
  6. Los motivadores del aprendizaje
  7. La edad de la hiper-individualidad
  8. Transición de consumidores a productores

Los posts dedicados al análisis del escrito de Frey son largos, y no pretendo reproducirlos aquí. No obstante, no puedo evitar notar que al menos sigo siendo coherente con lo que pensaba en Enero de 2008. Igual, aún hay muchos elementos allí sobre los que vale la pena profundizar más.

El mes de Febrero inició con una reflexión ocasionada por mis percepciones sobre la situación que vivíamos en el Ministerio de Educación. En Administrando la Educación, me pregunté como la formación profesional influye en la manera como vemos los problemas educativos, y logré poner en blanco y negro un convencimiento personal importante:

Lo fundamental para mi es transformar los paradigmas de cada uno respecto a cómo y en dónde aprendemos. Lo fundamental es desarrollar nuestra autonomía, nuestra autodeterminación, nuestra independencia, nuestro sentido crítico. Lo fundamental es perseguir nuestra felicidad (sin entenderla como la satisfacción de deseos consumistas o hedonistas) y convertirnos en mejores seres humanos (en seres humanos íntegros y coherentes), desde un punto de vista espiritual (sin confundir lo espiritual con lo religioso).

Viene a mi mente ahora, en relación con ese post, una conocida frase: "El camino al infierno está lleno de buenas intenciones", que haría parte de un post posterior. Adicionalmente, en este post empezó a hacerse muy clara mi preocupación con discutir sobre el sentido de la educación, sobre los fines que persigue. La situación que viví en ese momento dió origen a un post un tanto pesimista (pero completamente real, y que al leerlo de nuevo sigue teniendo todo el sentido del mundo), basado en una cancion de Nine Inch Nails, que expresó buena parte de mis inquietudes sobre el mundo que nos rodea.

Febrero también disparó una preocupación adicional, relacionada con la sostenibilidad de los proyectos que ayudé a poner en marcha,y que está en proceso de maduración en este preciso momento:

Why all this concern about volunteering? I think that might be the only way to guarantee sustainability for so many of the things we are trying to do. But, in order to achieve that, we need to realize that volunteering doesn't mean "do all that you do, but for free". Small one-hour contributions, coming from a lot of different people, can have a huge impact in the world. Maybe the trick is to discover how to distribute responsibility...

También apareció una inquietud acerca de la necesidad de agilizar la traducción de materiales en otros idiomas, como medio para estimular nuevas discusions en nuestra comunidad. Esto me impulsaría más adelante, a lo largo el año, a dedicar tiempo para traducir la charla de Ken Robinson en TED, un artículo de Michael Wesch, y uno más de Stephen Downes.

Entre Marzo y Abril, mi tiempo empezó a ocuparse con las inminente entrega de mi cargo en el MEN y mi viaje a Brasil. No obstante, tuve la oportunidad de participar en una de las discusiones más interesantes que he encontrado en elearningcolombia, y de reflexionar sobre el sentido que me habría gustado dar a la nueva etapa que iniciaba. "Cada nuevo comienzo" fue el título del último post que escribí estando en Colombia, antes de partir para Brasil.

Ya en Brasil, uno de los acontecimientos que más me marcaron fue haber podido asistir a Esocite 2008 (evento sobre el cual tomé muchas notas, que no llegué a publicar), y encontrarme con una comunidad académica diferente a aquella de la que hago parte, un poco más madura, y que en muchos casos se preguntaba justamente lo que más me inquietó en el año: los fines a los que sirven los sistemas, la ciencia y la tecnología que tenemos alrededor. En particular, de aquí surgieron dos nuevas percepciones frente a dos términos que me parecen cada vez más cuestionables (y hasta peligrosos), y que al mismo tiempo son cada vez más usados para hablar sobre la educación: la brecha digital y la sociedad de la información y el conocimiento.

En Mayo reporté mi primera presentación sin la gorra del MEN, una larga charla sobre cómo me estoy conviertiendo en lo que llamo un Aprendiz 2.0. Como de costumbre, esto me permitió poner en limpio muchas de mis dudas y de las respuestas que he ido encontrando.

También me encontré con la presentación de Al Gore en TED, la cual resultó sencilamente inspiradora, y en donde escuché una frase de Gandhi que poco a poco se volvió parte de mi vocabulario habitual: "Debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo". La presentación de Gore me llevó a una reflexión sobre algunas ideas que podrían ayudar a poner nuestro grano de arena a nivel personal, profesional e institucional frente al problema del cambio climático.

Por otro lado, con la excusa de una consulta que recibí por correo electrónico, hablé un poco sobre el futuro de los objetos de aprendizaje, y me enfrenté a la realidad de no estar convencido de que el camino razonable para este tema sea el que propuse hace ya tres años, cuando llegué al Ministerio. Esta fue una lección importante, pues descubrí cuánto temor nos inspira tener que cambiar de opinión (más adelante, al leer Sway, le podría poner nombre claro a esto: aversión a la pérdida).

En Junio, participé en una nota elaborada por el diario El Tiempo (mi primera vez!), pero luego de leerla decidí exponer mis opiniones en mayor detalle. También llegué de manera tardía a la muy interesante discusión sobre Edupunk, y escribí mi primer artículo en Wikipedia.

En Julio llamé la atención sobre la muy escasa presencia en línea de un evento tan importante a nivel nacional como el Congreso Nacional de Informática Educativa, y logré poner en limpio una inquietud adicional relacionada con el desarrollo del sentido crítico: Cuidarnos de las certezas:

Las certezas son peligrosas. Lo son porque un exceso de certeza te puede cegar ante otras posiblidades. Un exceso de certeza te puede llevar al fundamentalismo, y a descalificar a quienes no piensan como tú. Un exceso de certeza puede llevarte a creer que debes mostrarle a otros cuán equivocados están.

Empecé a entender que no estoy obligado a tratar de convencer a nadie de lo que pienso. Basta con vivir de la manera que considero adecuada, y convertirme en el cambio que quiero ver en el mundo. Con eso es suficiente.

En Agosto tuve la oportunidad de realizar dos presentaciones más que, como de costumbre, sirvieron para ayudarme a poner en claro muchas ideas. La primera de ellas fue una bonita oportunidad para reflexionar sobre el sentido de mi blog, dos años después de haberlo puesto en marcha. La segunda, me permitió imaginar una nueva forma de ver las relaciones entre la tecnología, la pedagogía, el sistema educativo y los fines que este persigue. Decidí titularla Cebollas, Educación y Tecnología.

Para este momento, ya había hecho su aparición uno de los libros más importantes para mí en este año: Brain Rules, de John Medina, y aunque no tenía sus libros, las ideas de Garr Reynolds y Nancy Duarte empezaron a impactar en gran manera mi estilo de hacer presentaciones.

También en Agosto empezaron a llegar a mi blog productos de mi recién iniciada especialización (el inicio de una polinización cruzada de ideas y de aprendizajes), y una larga reflexión sobre una de mis películas favoritas de 2008: The Dark Knight (la otra sería Wall-E, sobre la cual no escribí). También apareció en mi radar el revelador Predictably Irrational, de Dan Ariely (que probablemente tendrá un segundo aire el próximo año, después de que Dan hable en TED), así como una inacabada reflexión sobre teorías de aprendizaje.

Mención especial merece el post "Carta a un profesor" que siento que me ayudó a poner en palabras la necesidad que veo de enfocarnos en la responsabilidad personal como medio para propiciar cambios. Si como docentes no somos conscientes de que nos corresponde hacer mucho más que transmitir contenido, poco estamos haciendo.

En Septiembre empezó el curso abierto sobre Conectivismo ofrecido por George Siemens y Stephen Downes, en el cual sólo llegué a participar de manera juiciosa en las primeras semanas, debido al exceso de trabajo en los últimos meses del año, que empezó con mi asistencia al Seminario de E-Ciencia organizado por el MEN y RENATA, sobre el cual reporté oportunamente (como cosa rara).

Al final de ese mes aparecería un post llamado "Cuándo es suficiente?" que, de alguna manera, daba continuidad a un post del mes de Febrero (Administrando la Educación), y que de manera un tanto pesimista, cuestionaba nuestra indefensión ante el poder:

¿Por qué sucumbimos ante la "autoridad" que estos roles dan a las personas? ¿Por qué no somos capaces de cuestionar sus acciones de manera efectiva? ¿Y si estas personas no están lo suficientemente bien informadas? ¿Y si las decisiones que toman son, a la larga, nocivas?

[...]

Quien tiene el turno de encontrarse en el poder, se encarga de asegurar su posición a toda costa, y quienes son afectados de manera directa o indirecta por sus acciones, a menudo ni siquiera se enteran de todos los hilos que se mueven tras bambalinas. Buenas o malas, razonables o no, nuevas cosas se ponen en marcha, tan sólo para ser cuestionadas (y en ocasiones desmanteladas) por quienes llegan más tarde al poder, o para ser continuadas porque ya no hay otra opción.

Así se teje el entramado de nuestro mundo, lleno en ocasiones de buenas intenciones (y en ocasiones de simples caprichos), dejándonos sólo la esperanza que, eventualmente, los errores serán corregidos y avanzaremos en alguna dirección con seguridad y sentido. El problema es que los errores nos cuestan mucho, como individuos y como especie.

Y está bien equivocarse. El problema es cuando nos equivocamos simplemente porque aquellos en quienes delegamos responsabilidades claves de nuestra sociedad, no eran las personas adecuadas para desempeñarlas.

Luego, algo de silencio, roto solamente por un intento de volver al "buen camino" en CCK08, ocasionado por la siempre maravillosa Nancy White, y por el intento desesperado de hablar, después de casi un año (y en dos idiomas) sobre los talleres EduCamp del año anterior, así como por un tímido intento de poner en limpio algunas ideas sobre nuestro sistema de gobierno.

Luego de los talleres EduCamp (y en especial del fantástico encuentro con Scott Leslie) vendría un post más, que ahora percibo muy conectado a "Administrando la Educación" y a "Cuándo es suficiente?". No obstante, si bien esos dos primeros posts planteaban un problema y eran de alguna manera pesimistas frente a su solución, este último tiene algo más de rabia y a la vez es propositivo. Si bien lo escribí pensando en mi situación como estudiante de la especialización que estoy haciendo, al volver sobre los otros posts veo que tiene unas implicaciones de mayor alcance. En Septiembre terminaba diciendo que:

Lo triste de una reflexión como esta (así como muchas otras), es que difícilmente podrá ser más que eso. Porque "cambiar las cosas" significa convencer y organizar a muchas personas para actuar de manera coordinada, pues cada una de ellas está tan ocupada tratando de sobrevivir, tan enfocada en sus propios problemas, tan atrapada en sus propias ideas (obviamente, me incluyo allí), que no está dispuesta a ver otros caminos, y mucho menos a luchar por ellos. A menudo, ni siquiera estamos dispuestos a conversar con otros sobre cosas como estas, pues es taaaaan aburrido...

Ahora veo que eso no es tan cierto. Y que, al final, sólo necesitamos atrevernos a hacer lo que consideremos correcto, sin expectativas de cambiar el mundo, y al mismo tiempo sin temor a las consecuencias, que fue lo que encontré en Diciembre:

Al final, todo esto tiene que ver con una maravillosa frase de Gandhi: "Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo". Con frecuencia perdemos de vista que una sola persona puede hacer la diferencia, pero para lograrlo es necesario arriesgarse.

Así que para quienes me lean, sólo me queda invitarlos a hacer lo mismo. A observar su entorno y arriesgarse a hablar cuando las cosas no estén bien. Expresar esto puede ser el primer paso para cambiar el mundo en el que vivimos. Buena falta nos hace.

Así que eso es. Un resumen de lo que descubri en este año. Al mismo tiempo, un ejercicio revelador, pues leer mis pensamientos de todo el año me muestra que tengo ahora algo más de claridad sobre mis propias ideas, lo cual es maravilloso.

Obviamente, se quedan cosas por fuera, como el incesante estímulo intelectual que fueron las charlas TED a lo largo del año, el inesperado cuestionamiento existente en una serie como Eli Stone, el reciente encuentro con Tribes, de Seth Godin (incluido en las fabulosas entregas del Club del Libro de TED), haber conocido a Alejandro Piscitelli, haber experimentado una nueva serie de EduCamps, con una nueva percepción del mundo y, por supuesto, haber podido compartir mucho más tiempo con Marie, quien fue no sólo en una caja de resonancia, sino una fuente adicional de aprendizaje permanente gracias a su fascinante perspectiva del mundo.

No puedo desconocer tampoco que otra fuente de aprendizaje continuo a lo largo del año fue la complicada y tensa situación que percibí en el Ministerio de Educación, que me permitió aprender mucho acerca de los seres humanos, de qué los mueve, de cuán irracionales pueden llegar a ser, y del peligro no sólo de tener certezas, sino de dejarse afectar por las certezas de otros.

Así que el nuevo año pinta distinto. Por lo pronto, no tengo un propósito claro para el nuevo año, pero sí un deseo: Además de salud para mis seres queridos, pido crecer en disciplina y claridad. El resto, al menos para mi, llega luego de manera automática, como simple respuesta del universo a vivir de la manera más coherente posible.

En camino, un saludo de Año Nuevo para quienes me acompañaron a lo largo de este año. B)


Facilitando un EduCamp

Pretender saber cuál es la forma en la cual debería facilitarse un EduCamp es muy difícil, pues todavía es una idea que resulta novedosa, y como en realidad es una mezcla de diversas formas de trabajo colectivo, no hay un punto único de referencia.

Pienso que tratar de identificar los factores que caracterizan a un "buen" facilitador de un EduCamp es tan iluso como tratar de caracterizar a un buen profesor. Igual, tenemos disciplinas enteras que pretenden decirnos cómo debería ser un profesor, pero que curiosamente todavía están basadas en la información (a menudo teórica, a menudo sin un respaldo empírico contundente) recopilada por influyentes personajes de otras décadas.

Tal como lo sugiere John Medina (si, yo se, ahora no hago más que hablar de Medina, pero el problema es que en realidad su libro es MUY bueno), pensar en el diseño de ambientes educativos sin tener en cuenta las últimas comprensiones (no hallazgos, pues los fenómenos han estado allí todo el tiempo, solo que con frecuencia no los comprendemos) sobre nuestro cerebro es bastante extraño. Se me ocurre que sería como tratar de aprender a manejar un automóvil moderno con las indicaciones correspondientes a un Ford T. Es sencillamente absurdo.

No obstante, pretendemos hacerlo todo el tiempo. No se trata de ignorar los aportes que infinidad de personas han hecho a la educación (o a la pedagogía), pero honestamente, creo que a buena parte de nuestra bibliografía pedagógica valdría la pena aplicarle la navaja de Occam, y una fecha de caducidad similar a la de la leche. No será que estamos complejizando en exceso algo que en realidad no es TAN complejo?

Por eso me gusta el libro de Medina. Porque nos recuerda, mediante unas sencillas reglas, lo que sabe la neurociencia actual sobre nuestros cerebros. A partir de un trasfondo científico sólido, provee ideas sencillas que tienen un impacto definitivo en la forma como entendemos lo "significativo" o la imperiosa necesidad de "motivar" a nuestros estudiantes.

Esto parece divagación, pero en realidad no lo es, porque lo que intentamos con el EduCamp es proponer una nueva forma de vivir los entornos de aprendizaje, así que la forma como se facilita uno de estos talleres representa una práctica que se está intentando modelar. Lo único que podría decir sobre las condiciones que se requieren para facilitar un EduCamp, tal como han sido diseñados y realizados hasta ahora, es que quien lo haga en realidad necesita estar VIVIENDO el discurso (como decía Morfeo en Matrix, hay una diferencia entre conocer el camino y caminar el camino).

¿A qué me refiero con esto? El facilitador debería reconocerse (en serio) como aprendiz. Para mi, en este mundo conectado, eso significa varias cosas: Primero, reflexionar de manera abierta (como en un blog, por ejemplo); segundo, no sólo consumir sino tener destreza para manejar la información más actual de su área; tercero, estar compartiendo de manera natural (y no como un sutil mecanismo de autopromoción, como percibo que le ocurre a más de uno) lo que produce y lo que recibe, preferiblemente en espacios públicos. Esto no quiere decir que yo cumpla con todas estas condiciones, pues mi papel de "primer" facilitador de los EduCamp fue completamente fortuito. Usted se lo inventó, usted lo propuso, usted lo saca adelante.

Así que no basta con resaltar en una presentación la importancia de una idea como "todos somos aprendices". El estar no sólo convencido de ello, sino viviéndolo, cambia de manera radical la forma como el facilitador se comporta en un taller. Alguien que en realidad lo viva, difícilmente se aislará del grupo, o usará un tono de "profesor" (apuesto a que cualquier persona sabe cómo es ese tono, así no pueda explicarlo) o de regaño, o tratará de impulsar su visión del mundo ante el grupo. Ante todo, hará lo posible por respetar a los participantes de la experiencia de aprendizaje (en un sentido profundo del respeto, que va mucho más allá del simple trato).

Por otro lado, tengo la impresión que, cuando uno se reconoce como aprendiz, deja de tomarse tan en serio a sí mismo. Y eso significa que muchas cosas que no nos imaginamos haciendo se vuelven válidas, como sentarse en el piso, hablar de manera coloquial para expresar cosas importantes, bromear con los asistentes, etc. Siento que cuando no nos tomamos tan en serio, generamos una energía que puede contagiar a otros. Además, no tomarnos en serio nos permite estar tranquilos con la posibilidad de estar equivocados, pues el error es sólo una posibilidad más de aprender algo que no sabíamos. Las certezas (es decir, suponer que NO estoy equivocado) nos obligan a tomarnos muy en serio. Las certezas son rocas. Y todos conocemos a las rocas (no pude evitarlo. Para más contexto, este otro post).

Tal vez la razón más importante de vivir el discurso es que, en ese momento, nuestras acciones hablan por nosotros. No es necesario presentar en una diapositiva el "rol del estudiante en este ambiente de aprendizaje", pues las acciones del facilitador muestran precisamente cómo se comporta un aprendiz en tal entorno. Empezamos, de manera permanente, a "enseñar con el ejemplo".

Y de eso se trata. Facilitar un EduCamp, con toda la complejidad que implica, es mucho más sencillo (y auténtico) cuando quien lo hace en realidad está viviendo lo que dice. De nuevo, no estoy seguro de cumplir con tales condiciones. Pero sí se que cuando escucho a personas como Stephen, Nancy o Scott, algo resuena dentro de mi. Sí se que las discusiones que ellos están promoviendo poco a poco reflejan mis propias discusiones internas. Sí se que es inevitable para mí seguir aprendiendo a lo largo de toda mi vida. Sí se que, más allá de estudiante, profesor, profesional, "doctor" (algo muy colombiano, a todo el mundo le dicen doctor) o cualquier otra etiqueta, soy humano. Y los humanos somos exploradores naturales. Los humanos somos aprendices naturales. Así en ocasiones el sistema educativo quiera convencernos de que para aprender es necesario estar en un salón de clase (presencial o virtual).

Todo esto me hace pensar que estoy empezando a comprender un poco mejor una frase que se está convirtiendo en otra muletilla: "Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo". Si quiero ver sentido crítico en mis estudiantes, debo empezar por aceptar que toda visión del mundo (al menos desde lo científico) es una historia incompleta, y explorar todos los puntos de vista posibles para llegar a mi propia conclusión. Sólo así puedo cuidarme del dogmatismo. Si quiero que mis estudiantes se reconozcan como aprendices, debo empezar por hacerlo yo mismo. Si quiero que mis estudiantes tengan buena ortografía, debo cuidarme de escribir muy bien (pues, valga la pena decirlo, en las encuestas de los EduCamp me he encontrado con algunas amargas sorpresas). Si quiero que mis estudiantes cambien sus prácticas, debo empezar por cambiarlas yo y mostrar con mi ejemplo a qué me refiero. Si quiero que el mundo cambie, debo cambiar yo primero.

Como es evidente, estas condiciones aplican no sólo para un EduCamp, sino para cualquier proceso educativo. De allí la relevancia de esta reflexión. Cada vez me siento más convencido de que, cuando tenga la oportunidad de volver a un salón de clase (pues hace tiempo no lo hago), no voy a poder hacer lo que siempre hice. Lo cual es fantástico.

Technorati:


Arriesgarse a hablar…

Hace algunos años, mientras trabajaba en la Universidad de los Andes, apareció en alguna conversación una idea recurrente (y algo desesperanzadora): Dada la inercia de muchos de nuestros profesores (e instituciones) con respecto al uso de las tecnologías que están cambiando (o ya cambiaron) el mundo, sólo podemos esperar que nuestros estudiantes sean los que motiven el cambio, que sean ellos quienes exijan el aprovechamiento de estas posibilidades por parte de sus profesores e instituciones.

Recordé esta conversación el viernes pasado mientras estaba en clase* viviendo mi rol, recientemente recuperado, de estudiante. Ese día, después de una pequeña crisis durante una clase en la que el trabajo propuesto por el profesor consiste en escribir páginas HTML usando el Bloc de Notas (!!!!), repentinamente me di cuenta (así suene extraño, pues ya llevo aquí varios meses) de que en esta situación estoy jugando el papel de un estudiante. Y que, en ese sentido, si mis profesores están subutilizando los medios disponibles actualmente, recae en mí parte de la responsabilidad de hacer algo al respecto. Muy al estilo de Harry Potter (aunque es autopromoción, no puedo evitar decir que cada vez parecen menos ficticios todos estos aspectos relacionados con la educación, sobre los que hablé en ese post).

Pero, luego de varios meses de ver cuatro distintos módulos (con uno más empezando), y a cinco profesores diferentes en acción, mi situación me lleva a preguntarme si en realidad podemos confiar en que nuestros estudiantes van a atreverse a generar este cambio. No por la capacidad de nuestros estudiantes para hacerlo, sino porque por momentos, pareciera que las rígidas estructuras que se ven en la mayoría de nuestros salones de clase podrían habernos entrenado para no hacer nada al respecto.

Lo cual aplica también a mí. Durante los últimos meses he estado reflexionando mucho sobre muchas cosas que veo en el aula de clase en la que estoy, pero no he hecho nada sobre ello. Me he quedado simplemente sentado, molesto en ocasiones, pero sin hacer nada concreto para alterar mi entorno inmediato (pues la reflexión que pueda haber en un blog, aunque útil, no pasa de ser sólo eso: una reflexión).

El asunto es especialmente difícil porque, ante la posibilidad de hacer un trabajo asignado (tenga o no sentido) y protestar ante el mismo, es mucho más sencillo hacer el trabajo que entrar a cuestionar lo que el profesor está haciendo. Y esta es la gran tragedia del sistema. Dadas las estructuras de poder existentes, resulta más fácil “hacer la tarea” que cuestionarla (Es importante tener presente que esto se replica también en ciertos ambientes laborales, en donde el pavor al jefe es casi un requisito del cargo). Cuestionar significa poner mucho en juego, pues no sólo se corre el riesgo de arriesgarse a un abuso de poder por parte del profesor (en los casos en los que la autoridad del rol excede a su sentido lógico), sino que los propios compañeros pueden reaccionar de manera poco favorable.

Un ejemplo simpático de esto (que tiene unas implicaciones escalofriantes) es la historia aquella de los monos que son castigados cuando intentan alcanzar unas bananas subiendo a una escalera. Cuando un nuevo mono llega a intentarlo, no será necesario un castigo externo, pues los monos que fueron castigados se encargarán de evitar (por los medios que sean necesarios) que el nuevo mono lo intente siquiera. Es una historia que he escuchado a menudo en contextos de estudios organizacionales, para mostrar cuán fuerte puede ser la noción de "aquí lo hacemos de tal o cual manera".

Recuerdo haber visto esta presión de grupo en innumerables ocasiones a lo largo de mi vida estudiantil. Recuerdo también que en muchos casos, yo era parte de la masa (del grupo de monos) que aislaba a aquel que quería diferenciarse. Y recuerdo además (lo cual es especialmente inquietante) que parte de mi vida escolar, antes de la universidad, consistió en aprender que diferenciarse no estaba “bien”, o mejor, que podía aislarte de los demás. Subir la escalera a buscar bananas podía ocasionar un castigo inminente. Por supuesto, esto no se aprende en una clase específica, sino que es el resultado de innumerables tensiones y etiquetas que pueden empezar como un juego entre niños, pero que tienen unas consecuencias catastróficas para nuestros sistemas de aprendizaje y para la sociedad en su conjunto.

Mi mamá suele contarme una historia ocurrida cuando yo estaba en tercero de primaria, de la cual no tengo memoria. Durante alguna clase, la profesora (una monja, pues estudié en un colegio parroquial) cometió un error de ortografía mientras escribía en el tablero. Un momento después, sintió que alguien halaba su falda. Resulta que me levanté y fui hasta el tablero para indicarle que había cometido un error y que debía corregirlo.

Cuatro años después (o probablemente tan sólo uno) no me habría atrevido a hacer algo así, pues para ese momento mis profesores ya habían adquirido esa aura de infalibilidad a la que estamos tan acostumbrados. Poco a poco, el respeto por (o la intimidación ante) la autoridad se transforma en temor a las represalias, sean estas reales o no, lo cual es aún más preocupante. Sin intención deliberada, poco a poco el entramado de relaciones que constituye a la escuela se encarga de estandarizarnos, de prepararnos para un mundo en el que es más sencillo obedecer que cuestionar.

Y no pasa solamente con nuestros niños o jóvenes. Hace pocos años tuve la oportunidad de ver a más de una persona partir hacia estudios de doctorado en los cuales no necesariamente quería estar, pero que servían para cumplir con una exigencia institucional de la Universidad de los Andes. Profesionales brillantes que no estaban persiguiendo sus sueños, sino haciendo la tarea asignada. Al igual que más de una de las personas con las que he tenido la oportunidad de encontrarme en mi vida laboral. Ahora veo que, para mi vida, uno de los momentos de corte más importantes fue cuando ante la alternativa de irme a hacer un doctorado del cual no estaba convencido, decidí dejar de ser profesor de Uniandes.

Por todo esto siento que es muy especial esa pequeña crisis que tuve el viernes pasado. Después de haber pasado varios días conversando mucho con Scott, conociendo a otro aprendiz que en realidad practica lo que predica (aunque en realidad no es que predique tanto), fue un choque muy grande regresar a un aula en la cual un profesor lee sus dispositivas y propone actividades que, al menos para mi, resultan absolutamente irrelevantes.

Como en tantas otras áreas de la vida, lo que sea que ocurra en mi entorno depende solamente de mí. Y estoy en una situación envidiable, pues no tengo nada que perder. La especialización que estoy haciendo fue una forma de obtener una visa que me permitiera estar al lado de Marie en Rio de Janeiro, y aunque ha sido sin duda interesante, no siento que tenga mucho que perder en caso de que el cuestionar llegue a tener algún tipo de consecuencia.

Esta es una situación probablemente diferente de la de muchos de mis compañeros, para quienes este programa representa no sólo una oportunidad de aprendizaje, sino una posibilidad de mejora salarial o laboral, como suele ser para muchos de nuestros estudiantes de especializaciones y maestrías. Así que me pregunto hasta qué punto ese factor puede incidir en la decisión de cuestionar el entorno. Al fin y al cabo, para ellos si habría algo que perder, en caso de que las cosas se complicaran.

Scott mencionó de manera contundente algo que debo intentar más: Hablar (Speak up!). Y para este caso, hablar significa expresar lo que no está bien, y no sólo por medio de este blog. Ya tengo listo un mensaje para mi profesor, en el cual explico por qué no encuentro relevante la actividad propuesta, y por qué estoy en desacuerdo con la manera en la que está planteada.

Más de 20 años después del incidente con mi profesora de tercero de primaria, voy a decir a uno de mis profesores que hay algo que está mal, no en su ortografía, sino en su práctica. Por experiencia se que eso no es algo que ocurra con frecuencia, así que vamos a ver cómo resulta.

Al final, todo esto tiene que ver con una maravillosa frase de Gandhi: "Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo". Con frecuencia perdemos de vista que una sola persona puede hacer la diferencia, pero para lograrlo es necesario arriesgarse.

Así que para quienes me lean, sólo me queda invitarlos a hacer lo mismo. A observar su entorno y arriesgarse a hablar cuando las cosas no estén bien. Expresar esto puede ser el primer paso para cambiar el mundo en el que vivimos. Buena falta nos hace.

*Desde Agosto inicié una especialización en Tecnología de Información aplicada a la Educación en la Universidad Federal de Rio de Janeiro.



Viviendo en las nubes

**Este post fue escrito el 26 de Noviembre, a bordo de un avión y después en la sala de espera del Puente Aéreo, en Bogotá. Es publicado hasta ahora debido al caos tecnológico en el que me encuentro**

Hace algunas semanas, le decía a Marie que me habría gustado viajar más por el país mientras estuve en el Ministerio de Educación, pues me concentré tanto en las labores de gestión que era necesario movilizar desde Bogotá, que no aproveché mi situación para visitar muchos lugares que no conozco (hay personas que, por otro lado, de veras aprovechan cada oportunidad de viajar, en ocasiones a costa de asuntos urgentes, que no pueden ser atendidos a distancia).

Y en este caso fui víctima de las consecuencias de una curiosa advertencia, que no se de dónde salió: "Ten cuidado con lo que deseas, porque se te podría cumplir".

De manera inesperada, me fue solicitado que estuviera presente en todos los talleres EduCamp de este año, cuando inicialmente tenía previsto participar de manera directa solamente en el de Bogotá. Y esta solicitud me implicó entrar en una apretada agenda de viajes alrededor del país, con una primera ronda en esta semana, que en principio me llevaría a Montería (lunes), Pereira (martes) y Cartagena (miércoles), regresando directo a Rio de Janeiro el día jueves. Bastante apretado (por no decir desgastante).

Estoy en este momento, día miércoles a las 10:20a.m., en un Airbus 319, en ruta entre Bogotá y Pereira. El piloto acaba de avisar que, debido a las condiciones meteorológicas en Pereira (léase “está lloviendo de una manera ridícula”), debemos regresar a Bogotá. Esto, después de casi una hora y media de vuelo, que hemos pasado en su mayor parte sobrevolando Pereira, mientras todos esperábamos (con alguna esperanza) que las nubes nos permitieran llegar a nuestro destino. En mi caso, llegar al taller del día de hoy.

Esta es una situación, que aunque molesta, se escapa del control de Avianca. Lo malo es que es la segunda vez en dos días…

Anoche llegué al Puente Aéreo de Bogotá a las 6:30p.m., con intención de abordar el último vuelo a Pereira, a las 8:40 de la noche. Luego de abordar y obtener un inesperado cambio de categoría (me pasaron a primera clase), me entretuve aprendiendo a usar el sistema de entretenimiento que el Airbus 319 tiene. Fue bastante interesante sentirme en modo de exploración tecnológica una vez más, usando una interfaz poco común en nuestro medio (descubriendo para empezar en dónde estaba la pantalla que correspondía a mi silla, ubicada en la primera fila). Cuando estaba empezando a disfrutar el asunto, llegó el anuncio de acercamiento al aeropuerto de Pereira, lo cual me obligó a apagar todo.

Un momento después, el piloto anunció que había una nube en la cabecera de la pista del aeropuerto de Pereira, y que estaríamos sobrevolando esperando a que las condiciones mejoraran. Pero esto nunca ocurrió. Por el contrario, empeoraron, y a las 10:30p.m., el piloto anunció que tendríamos que regresar a Bogotá, pues el aeropuerto de Pereira cerraba su operación a esa hora. Incluso si la nube desaparecía, no habría manera de aterrizar.

Así que casi a las 11:00 p.m. regresamos a Bogotá, a tomar un autobús que nos llevaría al Hotel Bacatá, en el centro de la ciudad, para dormir un rato y regresar al aeropuerto a las 5:00 a.m., para intentar tomar el primer vuelo del día siguiente.

Así, con pocas horas de sueño y mucha esperanza, regresamos hoy en la madrugada, sólo para encontrar que el aeropuerto seguía cerrado. Y estuvo así hasta las 8:15a.m., cuando nos autorizaron para abordar nuevamente.

Y eso me lleva a este momento, cuando el piloto acaba de anunciar que estamos próximos a aterrizar de regreso en Bogotá. Con lo cual los 120 pasajeros que estamos a bordo, incluyendo bebés, niños, adultos y ancianos, completamos más de 12 horas de un infructuoso viaje a una ciudad que sigue aislada por vía aérea debido al mal tiempo.

La tripulación se ve tensa, y parece que hay una persona a bordo con fiebre desde hace algún rato. Con razón, se escuchan voces de muchas personas reclamando y pidiendo a los otros pasajeros que no abandonemos el avión. Muchos prefieren esperar a bordo que regresar a la sala de espera. El estar aquí, al menos les da la esperanza de que volveremos a despegar. Ya se ve por la ventanilla la verde sabana de Bogotá, nublada pero con la posibilidad de aterrizar. Estamos de regreso en donde empezamos, más cansados y, en muchos casos, sin siquiera con un desayuno.

Y para completar el absurdo, hay una grabación que suena en el momento del aterrizaje, diciendo “Hemos llegado a nuestro destino…”, la cual genera risas en unos y nuevos reclamos en otros.

Y así se pasa la vida. Doce, catorce horas atrapados entre aeropuertos y aviones. Sin posibilidad de culpar a nadie, pues estamos ante un evento climático que está fuera del control de un piloto, de una tripulación o de una empresa. El regreso a Bogotá ha sido siempre la opción más segura, pues no podemos correr el riesgo de quedarnos sin combustible.

A pesar de toda la tecnología que pude ver en este nuevo avión, una nube tormentosa ha bastado para cambiar los planes de 120 personas, y de toda una organización aérea. Parece un recordatorio de cuán poco podemos hacer frente a los fenómenos naturales. De cuán irrelevantes son nuestros importantes problemas y nuestras apretadas agendas ante una naturaleza que simplemente sigue su curso.

[...]

Finalmente, mi decisión fue no viajar a Pereira, pues el siguiente vuelo estaba previsto para las 2:50p.m. Así que ahora estoy de nuevo en una sala de espera, con la intención de abordar un vuelo a Cartagena, que me permita asistir al taller de mañana. Como adiciones a un día de por sí bastante extraño, ví al expresidente Andrés Pastrana llegar en un vuelo al mismo tiempo que nosotros, y después me encontré con otro personaje de nuestra vida nacional, en la oficina de tiquetes y reservas, y luego en la sala de espera.

El recordado Faustino Asprilla terminó sentado a una mesa de distancia de donde me encuentro, y por casualidad (porque estaba detrás de él) pude observar algunos de sus hábitos de uso de Internet. Vale la pena aclarar que esta es la sala VIP de Avianca, así que el computador frente al que él se encuentra sentado es de uso público. Tan público, que la persona en el computador que está a su lado es una niña de alrededor de 10-11 años, que está navegando por una página de juegos infantiles.

Nada de esto sería relevante, de no ser porque las fotografías que Asprilla abre desde su correo y desde su MSN, van desde modelos en traje de baño, hasta imágenes absolutamente explícitas (léase desnudos y primeros planos de otras partes más privadas de la anatomía femenina), que aparecen en todo su esplendor al lado de esta niña, a la vista de quienes se encuentran cerca en la sala, y que quedan almacenadas en el disco del computador que está utilizando.

No pretendo entrar a cuestionar o valorar el consumo de imágenes pornográficas, pues de veras pienso que es una opción personal. Pero sí considero inevitable decir que una figura pública como Asprilla debería ser más cuidadosa en este sentido. No se trata de puritanismo, sino de ser consciente de que está en un lugar público, que tiene a una menor de edad al lado, y que su historia de vida lo convierte, de alguna manera, en un modelo de rol para muchas personas.

Todo esto me lleva a preguntarme acerca de cuáles serán los hábitos de uso del computador de muchos de nuestros líderes (sean políticos, deportivos o de opinión), y hasta qué punto existe conciencia sobre las posibilidades y potencial de la red. Me asusta un poco pensar que toda la tinta y bits que tantas personas han gastado hablando sobre ello, no tiene ninguna incidencia sobre las personas que tienen la posibilidad, por una u otra razón, de marcar una diferencia rápidamente visible.

Así que andar entre aeropuertos no me alejó de la reflexión sobre los temas que me inquietan. Supongo que hay algunas conexiones neuronales en mi cerebro, que por causa del uso recurrente me están llevando a ver en el mundo ciertas cosas, que vuelven una y otra vez. Todo por cuenta de vivir en las nubes durante una pequeña temporada...


redescubriendo el mundo, una idea a la vez