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Arriesgarse a hablar…

Hace algunos años, mientras trabajaba en la Universidad de los Andes, apareció en alguna conversación una idea recurrente (y algo desesperanzadora): Dada la inercia de muchos de nuestros profesores (e instituciones) con respecto al uso de las tecnologías que están cambiando (o ya cambiaron) el mundo, sólo podemos esperar que nuestros estudiantes sean los que motiven el cambio, que sean ellos quienes exijan el aprovechamiento de estas posibilidades por parte de sus profesores e instituciones.

Recordé esta conversación el viernes pasado mientras estaba en clase* viviendo mi rol, recientemente recuperado, de estudiante. Ese día, después de una pequeña crisis durante una clase en la que el trabajo propuesto por el profesor consiste en escribir páginas HTML usando el Bloc de Notas (!!!!), repentinamente me di cuenta (así suene extraño, pues ya llevo aquí varios meses) de que en esta situación estoy jugando el papel de un estudiante. Y que, en ese sentido, si mis profesores están subutilizando los medios disponibles actualmente, recae en mí parte de la responsabilidad de hacer algo al respecto. Muy al estilo de Harry Potter (aunque es autopromoción, no puedo evitar decir que cada vez parecen menos ficticios todos estos aspectos relacionados con la educación, sobre los que hablé en ese post).

Pero, luego de varios meses de ver cuatro distintos módulos (con uno más empezando), y a cinco profesores diferentes en acción, mi situación me lleva a preguntarme si en realidad podemos confiar en que nuestros estudiantes van a atreverse a generar este cambio. No por la capacidad de nuestros estudiantes para hacerlo, sino porque por momentos, pareciera que las rígidas estructuras que se ven en la mayoría de nuestros salones de clase podrían habernos entrenado para no hacer nada al respecto.

Lo cual aplica también a mí. Durante los últimos meses he estado reflexionando mucho sobre muchas cosas que veo en el aula de clase en la que estoy, pero no he hecho nada sobre ello. Me he quedado simplemente sentado, molesto en ocasiones, pero sin hacer nada concreto para alterar mi entorno inmediato (pues la reflexión que pueda haber en un blog, aunque útil, no pasa de ser sólo eso: una reflexión).

El asunto es especialmente difícil porque, ante la posibilidad de hacer un trabajo asignado (tenga o no sentido) y protestar ante el mismo, es mucho más sencillo hacer el trabajo que entrar a cuestionar lo que el profesor está haciendo. Y esta es la gran tragedia del sistema. Dadas las estructuras de poder existentes, resulta más fácil “hacer la tarea” que cuestionarla (Es importante tener presente que esto se replica también en ciertos ambientes laborales, en donde el pavor al jefe es casi un requisito del cargo). Cuestionar significa poner mucho en juego, pues no sólo se corre el riesgo de arriesgarse a un abuso de poder por parte del profesor (en los casos en los que la autoridad del rol excede a su sentido lógico), sino que los propios compañeros pueden reaccionar de manera poco favorable.

Un ejemplo simpático de esto (que tiene unas implicaciones escalofriantes) es la historia aquella de los monos que son castigados cuando intentan alcanzar unas bananas subiendo a una escalera. Cuando un nuevo mono llega a intentarlo, no será necesario un castigo externo, pues los monos que fueron castigados se encargarán de evitar (por los medios que sean necesarios) que el nuevo mono lo intente siquiera. Es una historia que he escuchado a menudo en contextos de estudios organizacionales, para mostrar cuán fuerte puede ser la noción de "aquí lo hacemos de tal o cual manera".

Recuerdo haber visto esta presión de grupo en innumerables ocasiones a lo largo de mi vida estudiantil. Recuerdo también que en muchos casos, yo era parte de la masa (del grupo de monos) que aislaba a aquel que quería diferenciarse. Y recuerdo además (lo cual es especialmente inquietante) que parte de mi vida escolar, antes de la universidad, consistió en aprender que diferenciarse no estaba “bien”, o mejor, que podía aislarte de los demás. Subir la escalera a buscar bananas podía ocasionar un castigo inminente. Por supuesto, esto no se aprende en una clase específica, sino que es el resultado de innumerables tensiones y etiquetas que pueden empezar como un juego entre niños, pero que tienen unas consecuencias catastróficas para nuestros sistemas de aprendizaje y para la sociedad en su conjunto.

Mi mamá suele contarme una historia ocurrida cuando yo estaba en tercero de primaria, de la cual no tengo memoria. Durante alguna clase, la profesora (una monja, pues estudié en un colegio parroquial) cometió un error de ortografía mientras escribía en el tablero. Un momento después, sintió que alguien halaba su falda. Resulta que me levanté y fui hasta el tablero para indicarle que había cometido un error y que debía corregirlo.

Cuatro años después (o probablemente tan sólo uno) no me habría atrevido a hacer algo así, pues para ese momento mis profesores ya habían adquirido esa aura de infalibilidad a la que estamos tan acostumbrados. Poco a poco, el respeto por (o la intimidación ante) la autoridad se transforma en temor a las represalias, sean estas reales o no, lo cual es aún más preocupante. Sin intención deliberada, poco a poco el entramado de relaciones que constituye a la escuela se encarga de estandarizarnos, de prepararnos para un mundo en el que es más sencillo obedecer que cuestionar.

Y no pasa solamente con nuestros niños o jóvenes. Hace pocos años tuve la oportunidad de ver a más de una persona partir hacia estudios de doctorado en los cuales no necesariamente quería estar, pero que servían para cumplir con una exigencia institucional de la Universidad de los Andes. Profesionales brillantes que no estaban persiguiendo sus sueños, sino haciendo la tarea asignada. Al igual que más de una de las personas con las que he tenido la oportunidad de encontrarme en mi vida laboral. Ahora veo que, para mi vida, uno de los momentos de corte más importantes fue cuando ante la alternativa de irme a hacer un doctorado del cual no estaba convencido, decidí dejar de ser profesor de Uniandes.

Por todo esto siento que es muy especial esa pequeña crisis que tuve el viernes pasado. Después de haber pasado varios días conversando mucho con Scott, conociendo a otro aprendiz que en realidad practica lo que predica (aunque en realidad no es que predique tanto), fue un choque muy grande regresar a un aula en la cual un profesor lee sus dispositivas y propone actividades que, al menos para mi, resultan absolutamente irrelevantes.

Como en tantas otras áreas de la vida, lo que sea que ocurra en mi entorno depende solamente de mí. Y estoy en una situación envidiable, pues no tengo nada que perder. La especialización que estoy haciendo fue una forma de obtener una visa que me permitiera estar al lado de Marie en Rio de Janeiro, y aunque ha sido sin duda interesante, no siento que tenga mucho que perder en caso de que el cuestionar llegue a tener algún tipo de consecuencia.

Esta es una situación probablemente diferente de la de muchos de mis compañeros, para quienes este programa representa no sólo una oportunidad de aprendizaje, sino una posibilidad de mejora salarial o laboral, como suele ser para muchos de nuestros estudiantes de especializaciones y maestrías. Así que me pregunto hasta qué punto ese factor puede incidir en la decisión de cuestionar el entorno. Al fin y al cabo, para ellos si habría algo que perder, en caso de que las cosas se complicaran.

Scott mencionó de manera contundente algo que debo intentar más: Hablar (Speak up!). Y para este caso, hablar significa expresar lo que no está bien, y no sólo por medio de este blog. Ya tengo listo un mensaje para mi profesor, en el cual explico por qué no encuentro relevante la actividad propuesta, y por qué estoy en desacuerdo con la manera en la que está planteada.

Más de 20 años después del incidente con mi profesora de tercero de primaria, voy a decir a uno de mis profesores que hay algo que está mal, no en su ortografía, sino en su práctica. Por experiencia se que eso no es algo que ocurra con frecuencia, así que vamos a ver cómo resulta.

Al final, todo esto tiene que ver con una maravillosa frase de Gandhi: "Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo". Con frecuencia perdemos de vista que una sola persona puede hacer la diferencia, pero para lograrlo es necesario arriesgarse.

Así que para quienes me lean, sólo me queda invitarlos a hacer lo mismo. A observar su entorno y arriesgarse a hablar cuando las cosas no estén bien. Expresar esto puede ser el primer paso para cambiar el mundo en el que vivimos. Buena falta nos hace.

*Desde Agosto inicié una especialización en Tecnología de Información aplicada a la Educación en la Universidad Federal de Rio de Janeiro.



Viviendo en las nubes

**Este post fue escrito el 26 de Noviembre, a bordo de un avión y después en la sala de espera del Puente Aéreo, en Bogotá. Es publicado hasta ahora debido al caos tecnológico en el que me encuentro**

Hace algunas semanas, le decía a Marie que me habría gustado viajar más por el país mientras estuve en el Ministerio de Educación, pues me concentré tanto en las labores de gestión que era necesario movilizar desde Bogotá, que no aproveché mi situación para visitar muchos lugares que no conozco (hay personas que, por otro lado, de veras aprovechan cada oportunidad de viajar, en ocasiones a costa de asuntos urgentes, que no pueden ser atendidos a distancia).

Y en este caso fui víctima de las consecuencias de una curiosa advertencia, que no se de dónde salió: "Ten cuidado con lo que deseas, porque se te podría cumplir".

De manera inesperada, me fue solicitado que estuviera presente en todos los talleres EduCamp de este año, cuando inicialmente tenía previsto participar de manera directa solamente en el de Bogotá. Y esta solicitud me implicó entrar en una apretada agenda de viajes alrededor del país, con una primera ronda en esta semana, que en principio me llevaría a Montería (lunes), Pereira (martes) y Cartagena (miércoles), regresando directo a Rio de Janeiro el día jueves. Bastante apretado (por no decir desgastante).

Estoy en este momento, día miércoles a las 10:20a.m., en un Airbus 319, en ruta entre Bogotá y Pereira. El piloto acaba de avisar que, debido a las condiciones meteorológicas en Pereira (léase “está lloviendo de una manera ridícula”), debemos regresar a Bogotá. Esto, después de casi una hora y media de vuelo, que hemos pasado en su mayor parte sobrevolando Pereira, mientras todos esperábamos (con alguna esperanza) que las nubes nos permitieran llegar a nuestro destino. En mi caso, llegar al taller del día de hoy.

Esta es una situación, que aunque molesta, se escapa del control de Avianca. Lo malo es que es la segunda vez en dos días…

Anoche llegué al Puente Aéreo de Bogotá a las 6:30p.m., con intención de abordar el último vuelo a Pereira, a las 8:40 de la noche. Luego de abordar y obtener un inesperado cambio de categoría (me pasaron a primera clase), me entretuve aprendiendo a usar el sistema de entretenimiento que el Airbus 319 tiene. Fue bastante interesante sentirme en modo de exploración tecnológica una vez más, usando una interfaz poco común en nuestro medio (descubriendo para empezar en dónde estaba la pantalla que correspondía a mi silla, ubicada en la primera fila). Cuando estaba empezando a disfrutar el asunto, llegó el anuncio de acercamiento al aeropuerto de Pereira, lo cual me obligó a apagar todo.

Un momento después, el piloto anunció que había una nube en la cabecera de la pista del aeropuerto de Pereira, y que estaríamos sobrevolando esperando a que las condiciones mejoraran. Pero esto nunca ocurrió. Por el contrario, empeoraron, y a las 10:30p.m., el piloto anunció que tendríamos que regresar a Bogotá, pues el aeropuerto de Pereira cerraba su operación a esa hora. Incluso si la nube desaparecía, no habría manera de aterrizar.

Así que casi a las 11:00 p.m. regresamos a Bogotá, a tomar un autobús que nos llevaría al Hotel Bacatá, en el centro de la ciudad, para dormir un rato y regresar al aeropuerto a las 5:00 a.m., para intentar tomar el primer vuelo del día siguiente.

Así, con pocas horas de sueño y mucha esperanza, regresamos hoy en la madrugada, sólo para encontrar que el aeropuerto seguía cerrado. Y estuvo así hasta las 8:15a.m., cuando nos autorizaron para abordar nuevamente.

Y eso me lleva a este momento, cuando el piloto acaba de anunciar que estamos próximos a aterrizar de regreso en Bogotá. Con lo cual los 120 pasajeros que estamos a bordo, incluyendo bebés, niños, adultos y ancianos, completamos más de 12 horas de un infructuoso viaje a una ciudad que sigue aislada por vía aérea debido al mal tiempo.

La tripulación se ve tensa, y parece que hay una persona a bordo con fiebre desde hace algún rato. Con razón, se escuchan voces de muchas personas reclamando y pidiendo a los otros pasajeros que no abandonemos el avión. Muchos prefieren esperar a bordo que regresar a la sala de espera. El estar aquí, al menos les da la esperanza de que volveremos a despegar. Ya se ve por la ventanilla la verde sabana de Bogotá, nublada pero con la posibilidad de aterrizar. Estamos de regreso en donde empezamos, más cansados y, en muchos casos, sin siquiera con un desayuno.

Y para completar el absurdo, hay una grabación que suena en el momento del aterrizaje, diciendo “Hemos llegado a nuestro destino…”, la cual genera risas en unos y nuevos reclamos en otros.

Y así se pasa la vida. Doce, catorce horas atrapados entre aeropuertos y aviones. Sin posibilidad de culpar a nadie, pues estamos ante un evento climático que está fuera del control de un piloto, de una tripulación o de una empresa. El regreso a Bogotá ha sido siempre la opción más segura, pues no podemos correr el riesgo de quedarnos sin combustible.

A pesar de toda la tecnología que pude ver en este nuevo avión, una nube tormentosa ha bastado para cambiar los planes de 120 personas, y de toda una organización aérea. Parece un recordatorio de cuán poco podemos hacer frente a los fenómenos naturales. De cuán irrelevantes son nuestros importantes problemas y nuestras apretadas agendas ante una naturaleza que simplemente sigue su curso.

[...]

Finalmente, mi decisión fue no viajar a Pereira, pues el siguiente vuelo estaba previsto para las 2:50p.m. Así que ahora estoy de nuevo en una sala de espera, con la intención de abordar un vuelo a Cartagena, que me permita asistir al taller de mañana. Como adiciones a un día de por sí bastante extraño, ví al expresidente Andrés Pastrana llegar en un vuelo al mismo tiempo que nosotros, y después me encontré con otro personaje de nuestra vida nacional, en la oficina de tiquetes y reservas, y luego en la sala de espera.

El recordado Faustino Asprilla terminó sentado a una mesa de distancia de donde me encuentro, y por casualidad (porque estaba detrás de él) pude observar algunos de sus hábitos de uso de Internet. Vale la pena aclarar que esta es la sala VIP de Avianca, así que el computador frente al que él se encuentra sentado es de uso público. Tan público, que la persona en el computador que está a su lado es una niña de alrededor de 10-11 años, que está navegando por una página de juegos infantiles.

Nada de esto sería relevante, de no ser porque las fotografías que Asprilla abre desde su correo y desde su MSN, van desde modelos en traje de baño, hasta imágenes absolutamente explícitas (léase desnudos y primeros planos de otras partes más privadas de la anatomía femenina), que aparecen en todo su esplendor al lado de esta niña, a la vista de quienes se encuentran cerca en la sala, y que quedan almacenadas en el disco del computador que está utilizando.

No pretendo entrar a cuestionar o valorar el consumo de imágenes pornográficas, pues de veras pienso que es una opción personal. Pero sí considero inevitable decir que una figura pública como Asprilla debería ser más cuidadosa en este sentido. No se trata de puritanismo, sino de ser consciente de que está en un lugar público, que tiene a una menor de edad al lado, y que su historia de vida lo convierte, de alguna manera, en un modelo de rol para muchas personas.

Todo esto me lleva a preguntarme acerca de cuáles serán los hábitos de uso del computador de muchos de nuestros líderes (sean políticos, deportivos o de opinión), y hasta qué punto existe conciencia sobre las posibilidades y potencial de la red. Me asusta un poco pensar que toda la tinta y bits que tantas personas han gastado hablando sobre ello, no tiene ninguna incidencia sobre las personas que tienen la posibilidad, por una u otra razón, de marcar una diferencia rápidamente visible.

Así que andar entre aeropuertos no me alejó de la reflexión sobre los temas que me inquietan. Supongo que hay algunas conexiones neuronales en mi cerebro, que por causa del uso recurrente me están llevando a ver en el mundo ciertas cosas, que vuelven una y otra vez. Todo por cuenta de vivir en las nubes durante una pequeña temporada...


EduCamp Colombia 2008: Montería

**Este post fue escrito originalmente el 26 de Noviembre de 2008, en la ciudad de Montería. Es publicado hasta ahora debido al caos tecnológico en el que me encuentro**

El taller de hoy se realizó en la ciudad de Montería. Fue mi primera vez en esta ciudad, después de ocho años.

Fue el primer taller (de los tres que hemos hecho) que no lidero de manera directa. En esta ocasión, esa responsabilidad recayó en Angelina Stephens (de la universidad EAFIT) y Carlos Estévez (de la Universidad Javeriana de Bogotá), quienes me acompañaron en el taller realizado en Bogotá la semana anterior.

Mi papel en esta oportunidad, entonces, fue mucho más discreto. Pude dibujar con mayor cuidado mi Ambiente Personal de Aprendizaje, estuve muy pendiente del backchannel del evento, y estuve compilando y organizando ideas en el wiki. Diría (no porque lo haya asumido yo) que es un papel igualmente necesario, para dejar un rastro en tiempo real de las cosas que ocurren. Y me recuerda algo que Stephen me sugería hace poco por correo: Hay muchas personas que están liderando estos temas en las instituciones, pero que están tan ocupadas haciendo cosas (ayudando a construir ese rastro de actividad) que no tienen tiempo para autopromocionarse.

Fue interesante ver la actividad en el backchannel, y observar que cuando la conversación se tornó muy desordenada, los mismos asistentes propusieron formas de organizarla (usando "categorías" encerradas por brackets -[ ]- ). Tal vez usar hashtags como alternativa habría sido útil aquí.

Conversando con uno de los asistentes, surgía una inquietud frente al aparente desorden del backchannel, y una propuesta de intentar moderarlo. No obstante, mi impresión es que este debería seguir siendo un espacio libre para que la gente exprese aquello que más le interesa, esté o no directamente relacionado con la actividad que se desarrolla.

De nuevo, aquí aparece la tensión entre controlar o modelar. Desde mi perspectiva, es mucho más fructífero modelar (mediante el ejemplo) prácticas de uso del backchannel, en lugar de tratar de controlar lo que ocurre en él.

Otra propuesta estaba relacionada con la conveniencia de proponer una pregunta en el backchannel como apertura de cada actividad que haga uso del mismo. Y esto me llevó a otra reflexión. Si bien en muchos casos una pregunta ayuda a delimitar una actividad (y puede darle sentido a la misma), para el contexto del taller resulta más importante el hecho de hacer(se) preguntas que el acto de responderlas. En ese sentido, el backchannel tendría que seguir siendo un espacio abierto.

Una vez más, aquí hay una tensión subyacente, que también es visible en nuestras aulas de clase: Las preguntas que un profesor propone tienen una intención específica (definida por él con base en un diseño curricular, en el mejor de los casos), y pueden no tener relación directa con los intereses reales de un estudiante.

Entre los asistentes se encontraban varias personas que hacen parte de la Licenciatura en Informática de la Universidad de Córdoba. Ellos también hacen parte del grupo de instituciones líderes de Computadores para Educar (programa del gobierno colombiano), y varios se encuentran adelantando estudios de posgrado en temas relacionados con el uso de TIC. Todas estas condiciones les permiten tener una amplia experiencia en el uso de herramientas Web2.0, aunque es importante señalar que otras instituciones en las mismas condiciones no tienen un empuje tan grande como el que pude observar en estas personas, quienes tenían mucho que aportar a los participantes en el taller.

Un post de Keith Lyons, menciona que Stephen reseñó en The Daily mis posts sobre los talleres, refiriéndose a ellos como experiencias de creación de comunidades de práctica. Debo reconocer que nunca los había percibido en esa dimensión. Así como no había percibido que eso fue exactamente lo que Nancy puso en marcha con su propuesta de crear la lista de correo elearningcolombia (pues la idea fue de ella originalmente). Y eso hizo que mi enfoque sobre el taller de hoy fuera diferente.

Debido a esa percepción, esta nueva serie de talleres se convertirán en una oportunidad de empezar a trabajar de manera más abierta sobre su devenir y resultados. En http://educamp.wetpaint.com estamos compilando la información de lo que ha ocurrido y esperamos que pueda al mismo tiempo servir de guía para los siguientes talleres.

Confieso que siempre me ha inquietado bastante sentir que las limitaciones de tiempo afectan el desarrollo a fondo de este tipo de acciones. Aunque no sea tan visible, el tiempo invertido en la organización de un wiki (antes y después del evento) es muy alto. Y alguien tiene que hacerlo, a riesgo de quedar con un montón de información en desorden, que resulta de poca utilidad para los eventuales usuarios. Lo cual no quiere decir que sea mi responsabilidad exclusiva. Después de todo, esa es una de las posibilidades de un wiki: compartir la responsabilidad. Ahora, siento que esta labor, tendría que estar cada vez más anclada en trabajo voluntario. Es el único modo de hacerlo sostenible en el tiempo.

Y como duda en progreso me queda por dónde seguir con los EduCamp, cómo lograr que este evento sirva como catalizador de una comunidad de práctica que empiece a tener un impacto visible. Que lidere la discusión sobre temas críticos, que cada vez menos son de exclusiva incumbencia de los "expertos" en educación (si es que existe tal cosa).

Creative Commons License: Attribution, Share-AlikeA excepción de que se indique lo contrario, este contenido está publicado bajo una licencia Creative Commons.
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*cracia

Usualmente no escribo sobre estos temas, pero tengo en cola unos cuantos enlaces que me encontré hace algunos días, y una conversación reciente, así como toda la discusión que ha despertado el asunto de las pirámides en Colombia, me ha llevado a querer poner en "escala de grises" (no en blanco y negro) algunas ideas sobre cómo funciona nuestro gobierno.

Hace un par de semanas, TED publicó una corta charla (con una edición un tanto extraña, vale la pena decirlo) de Lee Smolin, un investigador del Perimeter Institute for Theoretical Physics.

El argumento central de Smolin es que es posible establecer un paralelo entre la evolución de las explicaciones cosmológicas (espacio y tiempo) y nuestros conceptos de sociedad (que se reflejan a su vez en las formas de gobierno predominantes para un período histórico determinado). No es claro si existe una causalidad entre los dos fenómenos, o si existen componentes adicionales que incidan, pero a grandes rasgos la idea es que hay tres etapas de evolución (tomadas de la presentación de Smolin):

Universo jerárquico
Todas las propiedades se definen con respecto a una jerarquía.
El observador/Dios se encuentra en un sitio perfecto, por fuera del universo.
Cosmología aristotélicaSociedad Medieval
Universo "liberal" Newtoniano
Las propiedades (derechos) están definidas con respecto a un trasfondo eterno y absoluto de espacio y tiempo.
Todos los átomos son iguales, todos tienen propiedades (derechos) independientes de las relaciones con otros.
El observador onmisciente,"Dios", está fuera del universo
Física NewtonianaPolítica liberal y teoría legal
El universo relacional/pluralista
El universo no es sino una red de relaciones en continua evolución.
Todas las propiedades son acerca de relaciones entre subsistemas.
No hay un observador ni una vista desde fuera del universo, sólo observadores internos con miradas parciales.
Relatividad general.
Teoría cuántica
Estudios legales críticos

El asunto es que, según Smolin, si no existe la posiblidad de tener una mirada del universo desde "afuera", deja de existir la noción de un creador eterno y absoluto, que pueda "imponer orden". De igual manera, el orden no puede ser explicado mediante leyes eternas. Por eso, en un universo relacional, el orden y la complejidad deben explicarse mediante procesos de auto-organización.

Por otro lado, Smolin indica que "Darwin enseña que hay procesos de auto-organización suficientes para explicar la complejidad que observamos" y que "la selección natural actúa sólo en propiedades relacionales" (por ejemplo, tal especie/individuo es más "apta" que tal otra), y luego plantea cómo la democracia se relaciona con estas ideas:

La democracia, vista desde esta persepectiva, es un proceso de evolución continua por el cual los humanos actuamos para orgnizar nuestras redes de relaciones que están en continuo desarrollo.

Smolin propone que la ciencia moderna funciona de la misma forma que la democracia:

Tanto los procesos científicos como los democráticos requieren un razonamiento a partir de evidencia compartida pero incompleta, hacia un consenso limitado pero en constante expansión.

Smolin sugiere también que la ciencia "funciona porque los científicos son miembros de comunidades éticas".

Ahora, todo esto es muy interesante, pero por momentos lo percibo como bastante "romántico". Me pregunto hasta qué punto los procesos democráticos son razonados, por ejemplo, y hasta qué punto se apoyan en la evidencia. Pienso que Smolin está ignorando por completo otras fuerzas (como las económicas o políticas, por ejemplo) que determinan en gran medida cómo funcionan nuestras democracias.

Hace algunos días, conversando con un par de buenas amigas, una de ellas opinaba lo siguiente: El sistema de gobierno más razonable es la aristocracia. Claramente, esta es una opinión controversial,y lo es debido al imaginario más fuerte que tenemos sobre lo que significa "aristocracia", el cual está asociado al período medieval. Por defecto, asociamos "aristocracia" con "nobleza" (entendiendo nobleza como la calidad de "noble", basada en títulos nobiliarios hereditarios).

No obstante, en su concepción etimológica griega, aristokratia significa 'el gobierno de los mejores'. Por supuesto, es indispensable imaginar qué significa ser "mejor" en este contexto. Pero, si seguimos el camino de Smolin, parecería que el "mejor", tendría que serlo en un sentido darwiniano. El problema es que tal sentido es claramente reduccionista, pues el impulso de supervivencia (pasar los genes a la próxima generación) que mueve a la evolución puede ser omitido para satisfacer otras necesidades inherentes a los seres humanos. En realidad, la noción de "mejor" está asociada a momentos históricos y culturales determinados.

Ahora, por su parte, democracia significa "el gobierno de la mayoría". Y no es nada difícil hallar ejemplos en los cuales una mayoría puede no sólo estar equivocada, sino ser abiertamente arbitraria. Además, la mayoría puede no incluir necesariamente a los "mejores".

Pero, si observamos a la generalidad de las personas que nos han gobernado (y no me estoy refiriendo exclusivamente al actual gobierno) parecería que en realidad estamos en una plutocracia, en donde el concepto de "mejor" está asociado al poder económico. El asunto podría ser peor, pues en la medida en que los valores estéticos cobran predominancia, podríamos terminar gobernados excluisivamente por quienes "se ven bien". Aún no estamos allí, pero el impacto de la cultura audiovisual (como argumenta Neil Postman) nos ha condicionado poco a poco a no escuchar solamente el mensaje, sino a prestar especial cuidado a cómo se ve quién lo transmite.

Una reciente decisión del Congreso parece haber afectado la contratación de empleados públicos por méritos (algo que hemos dado en llamar meritocracia), y en los periódicos se encuentran reacciones airadas de muchas personas que siguieron los procesos de selección basado en méritos que estaban siendo promovidos. Lo que llama mi atención es la forma en la cual se usa la palabra meritocracia, pues más allá de un asunto laboral, significa "gobierno de aquellos que merecen gobernar". Y otra vez el mismo asunto: qué significa "merecer"?

Al final, estoy en desacuerdo con Smolin cuando expresa su idea de democracia, pues un "gobierno de la mayoría" siempre será susceptible de los mecanismos psicológicos que afectan a las mayorías (comportamiento de manada, aversión a la pérdida, etc.).

Lo cual me lleva a preguntarme si lo que prefiero es que no exista un gobierno. Y claramente la respuesta no es esa tampoco, pues a pesar de todas sus limitaciones y equivocaciones, es la existencia de una estructura estatal la que me permite trabajar en lo que quiero y dedicarme a pensar en cosas que van más allá de la mera supervivencia. La inexistencia de un Estado (una de las ideas asociadaa con la anarquía), lejos de llevarnos a un estado ideal de libertad absoluta sin implicaciones de desorden, convertiría a buena parte (si no la mayoría de la población) en carne de cañón para el abuso continuado por parte de aquellos com mayor poder.

Pero, um, en dónde estamos entonces? Es fácil identificar en nuestro sistema actual (que se supone no es anárquico) a grupos poblacionales que son precisamente "carne de cañon" de grupos con poder. Comunidades desplazadas por violencia, familias enteras que son rehenes de sistemas bancarios (y que a veces terminan buscando dinero fácil, así sea en una pirámide). Es la misión del Estado entonces "proteger" a los "desprotegidos"?

Una pregunta como esa implica identificar quiénes son "desprotegidos", y acordar entre toda una sociedad los mecanismos para "protegerlos", lo que da para otra discusión aún más compleja, sobre todo en un país con las condiciones que tiene Colombia.

La lección personal en la que quisiera enfocarme es en que la democracia, como la conocemos actualmente, no está representando en realidad los intereses de los ciudadanos. No estamos en un sistema de gobierno de la mayoría (y tampoco lo estaríamos si fuéramos un país comunista, para poner un extremo). Y nunca lo vamos a estar, mientras los contactos (las "palancas", que parecen ser nuestra versión del "social networking") sigan siendo la forma preferida de acceder a posiciones de gobierno. Tal vez así como elegimos presidentes y alcaldes, deberíamos elegir a otros servidores públicos. Una sistema con un alto nivel de transparencia ayudaría, posiblemente, a tener un gobierno conformado por personas con mayores méritos.

Pero tal nivel de transparencia depende en buena parte de acceso a información y de oluntad de participar de manera activa en este tipo de procesos. Las dos son condiciones que parecen ser bastante escasas en nuestro país.

Pero existen algunos ejemplos de iniciativas (no he buscado en español, pues estas me las encontré de manera fortuita) que buscan ayudarnos a repensar cómo la participación ciudadana puede tener un papel más directo en las decisiones de gobierno. Llevado al extremo, un país en el cual el ecosistema informativo y participativo funcionara de manera adecuada, no requeriría concejales, senadores e incluso presidentes, pues las decisiones serían tomadas de manera directa por la población.

Es claramente utópico, pero no deja de ser interesante explorar estas ideas:

En una conferencia en la que estuve en esta semana, un participante decía que estábamos "en un evento académico y no político". Que era necesario "dejar la política afuera y concentrarse en lo científico". Para mi, está empezando a resultar imposible hacer eso. Y me pregunto hasta qué punto tal perspectiva tiene mucha responsabilidad en la situación actual que vivimos.

Es imposible dejar afuera la política, pues con cada acción que hacemos, estamos representando una visión determinada del mundo. El problema es que a menudo no somos conscientes de cuál es.

Empiezo a entender por qué no escribo a menudo sobre estas cosas. En realidad es difícil hacerlo. :D

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